“He vivido para salvar a mis hijos”

EL PAÍS:
María Luisa no es de las que se rinden. No se derrumbó cuando supo en 2004
que los linfomas (tumores del sistema linfático) que habían sufrido sus dos
hijos mayores, Alberto y José, no se debían a la casualidad, sino a un grave
trastorno del sistema inmunitario que también había heredado Carlos, su hijo
pequeño: la enfermedad linfoproliferativa ligada al cromosoma X.
Si quería salvarlos, únicamente le quedaba la remota posibilidad de tener
bebés mediante un proceso de selección genética para que fueran donantes
compatibles de médula de sus hermanos.
Y lo consiguió. En 2007 nació Lucas y, en 2008, alumbró a las mellizas María
y Ana, todos concebidos en el centro de reproducción asistida de la
Universidad Libre de Bruselas. Sus células madre curaron a Carlos y José. Y
a punto estuvieron de conseguirlo con su hermano mayor, Alberto, que
falleció en 2010, nueve meses después del trasplante, con 16 años.
Hubo médicos que le dijeron que se olvidara, que era como buscar una aguja
en un pajar por triplicado. Ignoraban que María Luisa nunca baja los brazos.
“Mi objetivo en la vida era salvar a mis hijos, hacer todo lo posible para
lograrlo”, explica con la tranquilidad que da haberse dejado la piel en ello.
“He hecho todo lo humano y lo inhumano por curarlos”.
Ahora son siete en casa, en Huelva. Los padres, los dos mayores —libres ya
de la enfermedad— y los tres pequeños, que nacieron para curar a sus
hermanos. “Ha sido durísimo; ahora toca vivir”, relata la madre sin perder
por un momento la sonrisa.
La vida de María Luisa y su marido, Andrés, empezó a torcerse en 2000. No
podían ni imaginar lo que se les venía encima. Todo comenzó, explica esta
enfermera de 39 años, con un dolor abdominal y fiebre de José, su segundo
hijo, que tenía dos años. Parecía un caso de apendicitis algo extraño, pero
su estado cada vez era peor. En vista de ello, los médicos del hospital
Virgen del Rocío de Sevilla optaron por operarle y en lugar de un quiste en
el apéndice encontraron un linfoma. “Salió del quirófano con una colostomía
[derivación del intestino hacia la pared abdominal] y estuvo siete meses con
quimioterapia”, rememora su madre.
En 2002 la historia se repite. Su hijo mayor, Alberto, que tenía ocho años,
comenzó a sufrir episodios de dolor en el vientre, vómitos nocturnos y
anemia.
—¿No será lo mismo del hermano?
—No, mujer. Es imposible que te pase dos veces lo mismo.
A María Luisa no le convencieron las explicaciones del pediatra y acudió al
oncólogo de Sevilla que ya había tratado a su otro hijo. Unos problemas
urinarios alertaron a los especialistas, que decidieron operarle. Tenía
afectados el intestino grueso y el delgado, la vejiga y la uretra. “Fue una
cirugía brutal”, explica. El resultado de la biopsia confirmó los peores
temores: era un linfoma.
En ese momento, María Luisa se enteró de que estaba embarazada de su tercer
hijo. Las sesiones de quimioterapia de Alberto, programadas para varios
meses, coincidieron con el tramo final de la gestación. Carlos nació a 100
kilómetros de casa, en Sevilla, en el mismo centro donde su hermano se
estaba curando del linfoma.
"Ha sido durísimo, ahora toca vivir", afirma la progenitora
En ese momento, María Luisa se enteró de que estaba embarazada de su tercer
hijo. Las sesiones de quimioterapia de Alberto, programadas para varios
meses, coincidieron con el tramo final de la gestación. Carlos nació a 100
kilómetros de casa, en Sevilla, en el mismo centro donde su hermano se
estaba curando del linfoma.
Los niños tenían el síndrome Duncan, rara dolencia hereditaria que
afecta solo a varones
La mayor preocupación de María Luisa era entonces si su hijo recién nacido
tendría que pasar por lo mismo. Acudió a Internet y buscó al responsable de
cáncer familiar del
Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), la entidad
pública de excelencia en investigación sobre tumores. “Le pregunté si se
podía elaborar un estudio genético. Me dio todas las facilidades”.
El estudio fue completísimo. Se analizaron muestras de toda la familia.
Hasta de dos hermanos de María Luisa fallecidos en 1974 y 1987. El trabajo
adquirió tintes detectivescos. “Conseguí hablar con la patóloga que analizó
el caso de mi hermano [el fallecido en 1974]”. Obtuvieron muestras que
llevaban 30 años almacenadas, que se volvieron a analizar. Los resultados se
cruzaron con las pruebas de anatomía patológica de sus hijos y el resto de
material genético de la familia. Meses más tarde llegó el resultado. Los
niños habían heredado la enfermedad que había acabado con la vida de sus
tíos, el síndrome linfoproliferativo ligado al cromosoma X (o de Duncan).
Se trata de una patología hereditaria muy infrecuente (hay un caso por
millón de nacidos) que provoca una respuesta inadecuada del sistema inmune a
la infección por el virus Epstein-Barr (en general, cursa sin mayores
problemas). El contagio desencadena una proliferación descontrolada de
linfocitos y, entre las distintas manifestaciones que sufren los pacientes,
se encuentra la aparición de linfomas.
El de María Luisa es un caso de mala suerte de libro. El síndrome de Duncan
es una enfermedad hereditaria recesiva ligada al cromosoma X (por eso solo
la desarrollan los varones). Ella era la portadora de la alteración
genética, de forma que tenía un 25% de probabilidad, en cada embarazo, de
gestar un varón enfermo. En los tres casos, sin embargo, el resultado fue el
mismo: todos fueron varones y todos portadores.
La única posibilidad de curarlos era un trasplante de médula ósea de una
persona compatible (para evitar problemas de rechazo) para regenerar sus
sistemas inmunes. Los tres hermanos podrían haber compartido los mismos
factores HLA (antígenos leucocitarios humanos), los marcadores que
determinan si los tejidos de una persona casan con otra. Tampoco hubo
suerte. Los mayores tenían los mismos y el pequeño, otros diferentes.
Los niños entraron en el sistema de búsqueda de donante en 2005. El hospital
Niño Jesús de Madrid se encargó de rastrear posibles candidatos, pero no
apareció ninguno. María Luisa se veía dirigiéndose hacia una vía muerta: “No
sabía qué hacer”.
En 13 meses María Luisa dio a luz tres niños compatibles con sus
vástagos enfermos
Pero en una conversación en el hospital, se le abrió una puerta. Le
explicaron una reciente técnica (el primer caso es de 2001) que permitía
tener niños donantes mediante reproducción asistida. Por entonces no era
legal en España (la ley que autoriza la selección genética de embriones es
de mayo de 2006), pero cabía la posibilidad de acudir a la clínica de
reproducción asistida de la Universidad
Libre de Bruselas, el centro de referencia en Europa.
En enero de 2006 inició el proceso. Con el mejor pronóstico (progenitores
jóvenes, con pocos ciclos, con óvulos y espermatozoides de calidad) a lo
máximo que se podía aspirar es a obtener del 40% al 60% de éxito, en función
del centro de reproducción asistida. María Luisa necesitaba embriones
viables, pero, además, que cumplieran otras dos condiciones: que fueran
compatibles con alguno de sus hijos y que no hubieran heredado la
enfermedad. Estos requisitos rebajaban la posibilidad de concebir un bebé
donante a menos de un 10% por cada intento, según los especialistas. Y son
6.000 euros por ciclo.
Los dos primeros intentos fallaron. El tercero fue el bueno: había un
embrión varón, compatible y sano. Nueve meses después, en septiembre de
2007, nació Lucas (todos los nombres de los niños están cambiados para
preservar su intimidad) en la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. “El azar
quiso que el bebé fuera compatible con el tercer hijo y por él empezamos con
el trasplante”, detalla.
“Fue en noviembre de 2007. Carlos no tenía nada de rodaje hospitalario y lo
pasó mal. Le daba miedo hasta la mujer de la limpieza”. María Luisa
interrumpe la narración, que tiene lugar en una terraza de Huelva, y suelta:
“¿Has visto Maktub? Es una película sobre niños oncológicos y los beneficios
están destinados a la unidad de trasplante de médula del hospital Niño Jesús,
haz publicidad”. El tratamiento fue un éxito y las células del cordón de
Lucas curaron a Carlos.
En 2020 falleció el hermano mayor. "Jamás se quejó de nada",
indica su madre
A principios de 2008, María Luisa decidió retomar el tratamiento para volver
a quedarse embarazada. Lucas era un bebé de meses y Carlos se estaba
recuperando del tratamiento, pero no había tiempo que perder: Alberto, el
mayor, acababa de recaer en la enfermedad con 15 años.
Mientras ella acudía a Bruselas para tratar de quedarse embarazada, su hijo
combatía en Sevilla contra el nuevo linfoma. Y la suerte le concedió un
guiño. Al primer intento, se quedó embarazada de mellizas compatibles con
los dos mayores.
Nacieron en noviembre de 2008. Pero no había tregua para esta madre. A los
dos meses, una bronquiolitis (infección en los bronquios) llevó a las
pequeñas un mes a la UCI. María ingresó en el hospital de Huelva, Ana, más
grave, en Córdoba, porque necesitaba un respirador especial.
Cuando salieron, en marzo de 2009, sin tiempo que perder, se procedió a
programar el trasplante de médula de Alberto. No estaba en su mejor momento.
Su segundo linfoma le había dejado debilitado y el número de células
recogido de sus hermanas resultaba demasiado justo. “Parecía que
evolucionaba bien, pero no funcionó”. En enero de 2010 falleció. “Jamás se
quejó y dio lecciones a todo el mundo durante toda su vida”, recuerda María
Luisa. “Siempre me decía: ‘mamá esto se puede complicar mucho y hay que
vivir a tope”.
“En un primer momento, pensé: ‘esto no ha salido, no ha servido’. Pero con
el tiempo, y aún con un nudo en la garganta, veo las cosas de otra forma”,
reflexiona. “Las mellizas nacieron para salvarle a él. Pero al final,
gracias a Alberto, ellas están aquí. De alguna forma, las ha salvado. Si no,
ellas no estarían aquí conmigo. Viven gracias a él”.
"Mis preocupaciones comienzan a ser las de una persona normal", dice
María Luisa
Con la muerte de Alberto se paró todo. Ya se habían empleado los dos
cordones y había que recurrir a otro método para obtener células madre: a
través de sangre periférica. Este procedimiento exige medicar al donante y
provoca anemia. Y las niñas estaban débiles. Tenían un problema digestivo,
vomitaban mucho y apenas engordaban, por lo que hubo que esperar a que
cogieran peso. A los 10 meses los médicos seleccionaron a la que se
encontraba mejor de salud, María, para curar a su hermano. Le practicaron
tres extracciones cada dos meses hasta que se recogió un número suficiente
de células madre que permitieran afrontar el trasplante con garantías.
José tenía 13 años y el fallecimiento de su hermano mayor aún estaba
reciente. Fue un trance de una fuerte carga emocional. “Acudió con mucho
ánimo, pero con mucho miedo también”. El trasplante se practicó en
septiembre de 2010 y todo salió bien.
Habían acabado 10 años de tensión y sufrimiento. La tenacidad de María Luisa
y Andrés, en estrecha alianza con la ciencia, habían logrado salvar a dos de
sus hijos. Ahora, poco a poco, entre revisiones y consultas, la vida de esta
familia está volviendo a la normalidad. “Hace unos días hablando con una
madre sobre las notas del colegio me di cuenta de que mis problemas
comenzaban a ser los de una persona normal. Ya no eran cuestiones vitales”.
